CUENTOS MITOS Y LEYENDAS
LEYENDA DEL CEIBOCuenta la leyenda que en las riberas del Paraná, vivía una indiecita fea, de rasgos toscos, llamada Anahí. Era fea, pero en las tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños... Pero llegaron los invasores, esos valientes, atrevidos y aguerridos seres de piel blanca, que arrasaron las tribus y les arrebataron las tierras, los ídolos, y su libertad.
Anahí fue llevada cautiva junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando y muchas noches en vigilia, hasta que un día en que el sueño venció a su centinela, la indiecita logró escapar, pero al hacerlo, el centinela despertó, y ella, para lograr su objetivo, hundió un puñal en el pecho de su guardián, y huyó rápidamente a la selva.
El grito del moribundo carcelero, despertó a los otros españoles, que salieron en una persecución que se convirtió en cacería de la pobre Anahí, quien al rato, fue alcanzada por los conquistadores. Éstos, en venganza por la muerte del guardián, le impusieron como castigo la muerte en la hoguera.
La ataron a un árbol e iniciaron el fuego, que parecía no querer alargar sus llamas hacia la doncella indígena, que sin murmurar palabra, sufría en silencio, con su cabeza inclinada hacia un costado. Y cuando el fuego comenzó a subir, Anahí se fue convirtiendo en árbol, identificándose con la planta en un asombroso milagro.
Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes, y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento.
En algunas épocas del año (generalmente las más secas) se suelen ver de entre las pedregosas y áridas quebradas de los cerros del oeste tucumano (Mala Mala, Nuñorco, Muñoz, Negrito, Quilmes, etc), a la oración - de tarde -, o cuando los últimos rayos del sol iluminan las cumbres de los cerros y el intenso frío de la noche va instalándose en los lugares sombreados, una luz especial, un fuego fatuo; producto de gases exhalados por cosas que se hallan enterradas conjugados con los factores climáticos; a ella - con terror y morbosidad - los lugareños denominan "luz mala" o el "farol del diablo".
El día de San Bartolomé (24 de agosto) es el más propicio para verlos, ya que es cuando parece estar más brillante el haz de luz que se levanta del suelo y que, por creencia general, se debe a la influencia maligna, ya que popularmente estiman que es el único día en que Lucifer se ve libre de los detectives celestiales y puede hacer impunemente de las suyas (Ambrosetti, "Supersticiones y leyendas").
La luz es temida también por que imaginan ver en ella el alma de algún difunto que no ha purgado sus penas y que, por ello, sigue de esa forma en la tierra. Generalmente nadie cava donde sale la luz por el miedo que ésta superstición les ha producido, los pocos que se han aventurado a ver que hay abajo de la luz siempre han encontrado objetos metálicos o alfarería indígena - muchas veces urnas funerarias con restos humanos, lo que aumentó el terror- que al ser destapada despide un gas a veces mortal para el hombre, por lo que los lugareños aconsejan tomar mucho aire antes de abrir o sino hacerlo con un pullo - manta gruesa de lana - o con un poncho, de suerte que el tufo no llegue a ser respirado. Debido a la continua migración a las ciudades y centros poblados, y por constante progreso estas leyendas van quedando reservadas solo para los mayores; la juventud se preocupa por otras cosas que estima más importante.-
CUENTO: INSTANTÁNEA
Bajo el azote de la lluvia que caía silenciosa, tenaz y como acompasada, llegó el jinete
frente al rancho desmantelado que ocupaba la china hospitalaria, famosa en el pago; maneó el petizo maceta y panzón, cinchado casi en los sobacos, dobló el cuero de carnero que le servía de cojinillo, a fin de evitar la mojadura de la lana, y notando un caballito de cola
recortada y atusado con coquetería, que dormitaba con una pata encogida bajo la diminuta
enramada —refugio de una pava viuda y media docena de gallinas, usufructuarias de un
gallo cegatón—, movió la cabeza con desagrado y silbando entre dientes cuna mazurca
mestiza de tarantela, se acercó a la puerta enclenque e indiscreta; golpeó con los nidillos
suavemente y esperó la respuesta con aires de desgano u desconfianza.
––¿Quién es?... —respondió una voz varonil y bien timbrada, que no era por cierto la ronca
y casi gangosa de la buena amiga.
––¡Sonno io... Angelo... il discascarriadore de la estancia!
––¡Ah!... ¡Bueno!... Aquí no precisamos descascarriadores por aura!
––¡Ma!... Llove com’in cane e non ho piú cavallo!... Il petizo l’he riventato!... ¡Ho fatto ina
galopiada di la gran siete!
––¡Bueno!... Váyase a la pulpería, entonces... ¡Está ahí... detrás del cardal!...
––¡Non poso!... Dichetele a la padrona... que sonno io... ¡Angelo!
––¡Dice la patrona que se deje de... embromar y que si es ángel por qué no se vuela!
––¡Corpo de Dio!... ¡Dichetele que non posso... perque sono pichone!
Y mientras de adentro se contestaba con una carcajada su salida espiritual, él se
enhorquetaba en su petizo y estimulándole con el chicoteo de sus piernas se perdía al
trotecito entre el cardal verdegueante, donde cantaba la lluvia su eterna canción monótona.



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